Tuesday, March 07, 2006

Abrí la puerta para salir del departamento y antes de poder declararme oficialmente en la calle, una mariposa amarilla fué a estrellarse contra mi pecho, y acto seguido, cayó muerta al suelo.
Me quedé mirándola por unos segundos a ver si se movía, y al instante recordé los libros de García Márquez, donde las mariposas amarillas traen augurios de fatalidad. Con esa idea en mente y como si se tratara de un perro rabioso bloqueando mi acceso a las escaleras, toqué a la mariposa con la punta de mi zapato y no recibí interacción de su parte. Me incliné a verla de cerca. Era muy bonita. Tenía un color iridiscente que cambiaba de tonos dependiendo de cómo le diera la luz en las alas. La tomé con cuidado y la guardé entre las hojas de mi libreta de teléfonos. Al tercer escalón ya la había olvidado.

El día transcurrió hasta hacerse de noche, y no podría decir que fué el peor día que he tenido, por que he tenido peores, pero definitivamente no me atrevería a catalogarlo entre mis favoritos. Con un chingo de ideas amontonándose en mi cabeza y un nudo en la garganta, trataba de no pensar en ti, mentiroso, pinche cínico... y seguía maldiciéndote cuando tomé el celular y abrí la libreta de teléfonos. Buscaba al azar a cualquiera de mis amigas para desahogarme, para decirles la clase de basura que eres... cuando de entre las hojas salió algo que parecía un recibo doblado. Traté de interceptarlo mientras caía, pero no cayó al suelo. Se elevó y dió dos-tres vueltas alrededor mío antes de alejarse y desaparecer.

Y me quedé parada, estática, viéndola volar y perderse mientras sentía una mezcla de miedo y deseo, un deseo indescriptible de que mañana, cuando abras la puerta de tu casa, cientos de mariposas amarillas -todas ellas portadoras de infelicidad- vayan a estrellarse como misiles sin misericordia contra tu pecho, y caigas muerto al suelo.

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